martes, 12 de mayo de 2009
La casa de los mil mosquitos de campo
Andábamos por la casa de campo trasteando con una buena carga. El potencial de nuestra mezcla hacia presagiar el acontecimiento. Si era encontrado habría ácido fórmico por todas las acequias. Ante nosotros vislumbramos un control policial. Una horda de incesantes agentes nos miraban como pequeños seres del bosque. La carga estaba oculta pero la situacion era tensa. Logramos que sean a buen precio siempre. Pero logramos pasar. La carga estaba a salvo. Sin embargo uno había escapado, sobrevoló mi brazo para sentarse y me dijo: O abres la caja de los mil mosquitos o me dejas leer el marca. Evidentemente abrí la caja y cientos de miles de suculentas pelusas brotaron hacia el exterior. En ese momento decidí hacer petipuas con emotivos motivos florales.
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Efectivamente la suerte estaba echada. La manada utilizó ese sexto sentido que solo los colibríes disponen.
ResponderEliminarEsas flores azules no eran dulces manjares de polen, tenían grandes peligros en su interior, y asi, de esta manera, los colibríes posaron inmóviles antes tal amenzanate paisaje.
Tanto pararon que sus alas dejaron de revoltear, cayendo estrepitosamente sobre el duro asfalto de esta selva peculiar.
En ese momento los ejercitos de mosquitos hicieron su trabajo: salvar el citado néctar.
Los picotazos cayeron por doquier, y todos aquellos peligros amenzantes dejaron de serlo... Se había salvado la raza de los colibríes hambrientos.
Y todo para que un "Big-Eared-townsend-fledermaus" les diese una tarjeta sideral de crédito sin crédito y que aunque la acrediten no tiene crédito.
Que vida más perra la del colibrí thalassinus!